La humanización de la educación
Marcus De Mario
Entre las reflexiones que debemos hacer sobre el acto de educar —que algunos insisten en entender únicamente como un acto de enseñar— se encuentra la cuestión de la humanización. No solo la humanización de la enseñanza, ni siquiera de la filosofía de la educación, sino la humanización del educador, a quien, lamentablemente, la mayoría ve como un profesional de la enseñanza y no como un maestro; un mero profesor de contenidos disciplinarios y no un orientador del crecimiento moral del niño y del joven.
Humanizar revela la fe. Sin la fe en el ser humano, en su potencial y en su transformación, no es posible establecer el proceso de humanización. Si el educador entra en el aula etiquetando a los alumnos como «los que van a aprender», «los que no van a aprender»; «quien es inteligente», «quien no lo es»; «quien merece elogios», «quien no los merece»; «quien debe sacar buena nota», «quien no debe» y así sucesivamente, estará demostrando su frialdad e indiferencia, y quien es frío e indiferente, mecánico y repetitivo, no puede humanizar, pues no podrá dar lo que no tiene.
El primer paso de la humanización es trabajar la propia sensibilización del ser. Sentirse a uno mismo es un requisito previo para sentir al otro. El segundo paso es creer en uno mismo. Quien cree en su potencial adquiere las condiciones para creer en el potencial del otro.
La educación no es un acto de transmisión de conocimientos. Este acto se repite históricamente, convirtiendo la escuela en un entorno frío, poco creativo e indiferente a lo que es y a lo que quiere el alumno. Por ello, entendemos que la educación consiste en estimular, en hacer pensar, en dar espacio a la creatividad, en desarrollar el sentido moral, en fomentar el espíritu crítico, en humanizar y en sensibilizar hacia la solidaridad. El verdadero acto de educar tiene lugar cuando el educador y el alumno interactúan, son compañeros de viaje, se miran a los ojos y estos brillan. Cuando al educador y al alumno les gusta compartir el conocimiento, reflexionar sobre él y actuar en consecuencia, tenemos la educación y, automáticamente, la humanización del acto de educar.
Reforma de las instituciones humanas
En este sentido, el discurso espiritual va más allá de la escuela. Abarca la familia, las empresas, los organismos públicos, las organizaciones no gubernamentales, los institutos, las fundaciones; en definitiva, todas y cada una de las instituciones humanas, ya sean públicas o privadas, con o sin ánimo de lucro.
Somos seres integrales y, como tales, estamos dotados de innumerables y profundas potencialidades, todas ellas susceptibles de desarrollo. Somos el «ser» y no el «tener». Todo lo que poseemos puede ampliarse, puede elevarse al estado de trascendencia gracias a la fuerza de voluntad de la que estamos dotados, independientemente de las circunstancias materiales de la existencia. El ser humano es un ser integral —biopsicosocial y espiritual— y así es como debe ser visto y entendido por la empresa, sin distinción de cultura, raza, color, religión u otros aspectos, pues todo ello es pasajero, modificable y no representa el todo, que es el alma.
¿Cuántos ejemplos hay de personas humildes, procedentes de entornos pobres y hostiles, que, sin embargo, triunfaron en la vida y dieron muestras de nobleza de carácter? Por otro lado, ¿cuántos ejemplos deplorables hay de personas que, a pesar de su buena educación, su buena posición social y sus recursos económicos, no han corrompido con alarde ni han viciado a la sociedad con su mal carácter? Afirmamos: el hombre no es su apariencia, sino su interior; es su íntimo lo que revela su esencia. Como seres íntegros que somos, poseemos atributos espirituales que deben desarrollarse y aplicarse en nosotros mismos y en nuestro entorno existencial, estemos donde estemos y con quien estemos.
El hombre, ese ser integral, se revela a través de la intuición y la creatividad. A través de la intuición, el hombre trasciende su propio ser y pone en marcha su potencial anímico, dejando que su conciencia sea guiada por las inspiraciones procedentes del cosmos. No se trata de un éxtasis místico, sino de un poder anímico concentrado por la fuerza de voluntad y vitalizado por las inspiraciones que emanan de los seres que nos aman y del universo y, por ello, todo se vuelve solidario.
La creatividad lo eleva por encima de lo común, estimula su autoestima y hace brotar potencialidades que estaban dormidas. Pero, para que la creatividad se ponga en marcha, el entorno laboral debe ofrecer las condiciones para su manifestación, y la recompensa por la calidad de la capacidad creativa debe ser el gran estimulante, el combustible para el crecimiento profesional. Sin embargo, tanto la intuición como la creatividad pueden producir bellas obras, impulsando al ser humano hacia su progreso intelectual y moral constante, o bien pueden traducirse en conceptos y obras degradantes, alejando al ser humano de los ideales superiores de la vida.
Solo la fuerza de los buenos ejemplos, del estudio del bien y del bello, del estudio de las obras de los grandes genios del arte y la cultura, y del contacto con las inspiraciones de las ideas espiritualistas, puede llevar la intuición y la creatividad al ámbito de la espiritualidad que construye y eleva el alma, y las instituciones humanas deben facilitar este proceso a sus colaboradores, ya sean empleados o voluntarios.
El ejemplo tiene el poder de transformar, mucho más que las palabras de un discurso. La espiritualidad del ser solo es auténtica si va acompañada del ejemplo. El hombre mecánico, atado a un trabajo repetitivo y medido por la cantidad de producción, no es, ni puede ser, un hombre creativo y, menos aún, un hombre intuitivo. Las instituciones humanas, tanto públicas como privadas, deben ser una prolongación natural de la vida del hombre, proporcionándole condiciones humanizadoras y favorables a su crecimiento interior; así, su capacidad creativa será un bien para ellas mismas, y su sintonía con el «yo profundo» representará una ganancia inestimable para la sociedad y para la vida misma.

