San Juan de la Cruz y la Ley de la Adoración
Daniel Salomão Silva
El fraile católico español Juan de la Cruz es conocido por su rigurosa vida religiosa y por sus reflexiones sobre la experiencia mística, entendida como una percepción profunda e inmediata de la presencia divina1. Junto a Teresa de Ávila (Santa Teresa de Jesús), lideró, en el siglo XVI, la importante reforma de la Orden Carmelita, que restableció prácticas religiosas que se habían relajado en las décadas anteriores, como «la vida contemplativa y comunitaria, sencilla y desprendida de ritualizaciones excesivas2».
Obras como Subida al Monte Carmelo, Noche oscura y Cántico espiritual son invitaciones a la práctica del mensaje cristiano, destacando el desapego de los bienes terrenales, la caridad en su sentido amplio y la búsqueda de la unión mística con Dios a través de la oración y la renuncia3. Varios de sus temas permiten un rico diálogo con el espiritismo y, en este artículo, analizamos comparativamente sus reflexiones sobre la adoración a Dios.
En los capítulos finales de la primera obra que citamos, el místico católico plantea una interesante discusión sobre el uso de «imágenes y retratos de los santos, oratorios y ceremonias religiosas».
Aunque reconoce la función que la Iglesia atribuye a las imágenes, como formas de despertar la devoción religiosa, critica a quienes dan más importancia a su materialidad que a su significado4. Para él, muchos ven en esos objetos una fuente de vanidad y apego, acumulándolos, adornándolos o incluso preocupándose por multiplicarlos en santuarios domésticos. Sin embargo, deberían hacer «de lo invisible el objeto principal de su adoración5».
Por su similitud con el enfoque de El libro de los espíritus, su argumento llama la atención. Para Juan de la Cruz,
Dios no escucha con mayor favor las oraciones hechas con esto o aquello, pues la materia del objeto no tiene importancia alguna. Las oraciones que Dios escucha son, preferentemente, las que brotan de un corazón sencillo y verdadero, cuya única pretensión es complacer al Señor.6
En la misma dirección apuntan Kardec y los Espíritus: «la verdadera adoración es la del corazón7». Profundizando en ello, enseñan que
Dios prefiere a quienes le adoran desde lo más profundo del corazón, con sinceridad, haciendo el bien y evitando el mal, antes que a quienes creen honrarle con ceremonias que no les hacen mejores para con sus semejantes. (…) No preguntéis, pues, si hay una forma de adoración más conveniente, pues equivaldría a preguntar si a Dios le agrada más que se le adore en un idioma que en otro. Una vez más os digo: los cánticos solo llegan a Él a través de la puerta del corazón.8
La caridad, central en la cita anterior, también es destacada por el fraile español en detrimento de las apariencias: «poco importa que una música suene mejor que otra, si no me mueve más que la primera a practicar buenas obras9». Naturalmente, es muy improbable que reconociera una «música» no católica como aceptable.
Sin embargo, al evaluar los registros de curaciones y otros efectos atribuidos a las imágenes religiosas, Juan de la Cruz sigue haciendo hincapié en que se deben a «la devoción y la fe que las almas tienen hacia el santo representado», no al objeto en sí10. De este modo, es fundamental que «no se detenga en la imagen, sino que eleve el espíritu hacia lo invisible que ella representa»11. Lo mismo se aplicaría a los lugares considerados sagrados, donde se busca la repetición de acontecimientos extraordinarios o se imagina una mayor eficacia de la oración. Aunque realmente puedan despertar una mayor implicación religiosa, por diversos motivos, no pueden ser objeto de apego: al fin y al cabo, «el alma misma es el centro más conveniente y más apto para las gracias de Dios que cualquier lugar exterior».12
Sus críticas se extienden también a la actitud puntillosa ante las ceremonias religiosas. A quienes se preocupan por el «número correcto de velas», «un día determinado, a tal y tal hora», «tal número de oraciones», «prerrogativas», etc., les recomienda que presten atención a «cosas más importantes, como purificar verdaderamente la conciencia y ocuparse, de hecho, en el asunto de su salvación eterna»13. Así, al referirse a los templos religiosos u otros lugares de oración, sugiere dar preferencia a los más sencillos, «que menos obstaculizan los sentidos y el espíritu para la unión con Dios»14.
Como justificación, retoma el diálogo de Jesús con la mujer samaritana, cuando el Maestro le enseña que «los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca» (Jn 4:23), y su recomendación simbólica de cerrar la puerta de la habitación para orar (Mt 6:6). Con ello, no minimiza el valor de la Iglesia ni de la práctica religiosa comunitaria, sino que enfatiza «el recogimiento interior» que les da legitimidad.
De manera similar, Kardec define el carácter religioso del espiritismo como una doctrina fundada «en los lazos de la fraternidad y la comunión de pensamientos, no en una convención». Para él, las castas sacerdotales, las jerarquías, las ceremonias y los privilegios no forman parte de la práctica espiritista. De las reuniones espiritistas debe destacarse la «caridad hacia todos», que debe traspasar las paredes del centro como verdadera adoración a Dios.15
En definitiva, como hemos visto, al abordar la Ley de la Adoración en El libro de los espíritus, sus autores valoran todas las prácticas religiosas beneficiosas y sinceras y, en comparación con San Juan de la Cruz, proponen una práctica aún más desprendida de objetos, lugares y posturas. Sin embargo, ambos coinciden en la prioridad del «corazón» y de la vivencia de la caridad. Se pueden percibir otras similitudes entre los textos espiritistas y los de Juan de la Cruz, junto con grandes e interesantes discrepancias. Su restricción a la práctica mediúmnica16, por ejemplo, es evidente y merece una reflexión adecuada.
No obstante, destacamos un segundo punto a partir de esta comparación. Al reproducir erróneamente el comportamiento del que a menudo hemos sido y somos objeto como espiritistas, en ocasiones demostramos «incomprensiones respecto a la metafísica cristiano-católica y su dimensión salvífica17». A menudo criticamos la doctrina de la Iglesia, desconociendo aspectos más cercanos al espiritismo de lo que imaginamos. Por ejemplo, es perceptible que el catolicismo popular incluya una interpretación más «literal» y casi «mágica» de las imágenes de los santos. Sin embargo, el enfoque de Juan de la Cruz muestra que, desde hace ya bastante tiempo, existe, en la diversidad del pensamiento católico, una postura más «simbólica» con respecto a las imágenes y los rituales: reconoce su importancia intrínseca, pero da prioridad a lo que estos señalan, tal y como lo entiende el espiritismo. Esta actitud comprensiva abre las puertas al diálogo interreligioso al que ya se nos invita en las obras espiritistas fundamentales, dando prioridad a lo esencial sobre lo accesorio.
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- BINGEMER, Maria Clara L. El concepto. En: LOSSO, Eduardo; BINGEMER, Maria Clara L.; PINHEIRO, Marcus (eds.). La mística y los místicos. Petrópolis: Vozes, 2022, p. 32.
- OLIVEIRA, Cleide. Juan de la Cruz. En: LOSSO, Eduardo; BINGEMER, Maria Clara L.; PINHEIRO, Marcus (eds.). La mística y los místicos. Petrópolis: Vozes, 2022, p. 377.
- BERARDINO, Pedro Paulo di. San Juan de la Cruz: doctor del «todo y nada». São Paulo: Paulus, 1992, pp. 93-98.
- JUAN DE LA CRUZ. Subida al Monte Carmelo. Petrópolis: Vozes, 2025, p. 281.
- Idem, p. 282.
- Idem, p. 284.
- KARDEC, Allan. El libro de los espíritus. 2.ª ed., Río de Janeiro: FEB, 2010, q. 653.
- Ídem, q. 654.
- JUAN DE LA CRUZ. Subida al Monte Carmelo. Petrópolis: Vozes, 2025, p. 304.
- Ídem, p. 285 y 286.
- Ídem, p. 288.
- Ídem, p. 297.
- Ídem, p. 298.
- Ídem, p. 292.
- KARDEC, Allan. Revista Espírita: periódico de estudios psicológicos, año XI: 1868. Catanduva, SP: EDICEL, 2018, diciembre.
- JUAN DE LA CRUZ. Subida al Monte Carmelo. Petrópolis: Vozes, 2025, p. 103 y otras.
- CAMURÇA, Marcelo. Espiritismo y Nueva Era: interpelaciones al cristianismo histórico. Aparecida: Santuario, 2014, p. 29.

