La hipótesis de la adversidad

Ricardo Baesso de Oliveira

Una creencia muy arraigada, defendida por casi todas las tradiciones religiosas, sostiene que las personas deben enfrentarse a situaciones adversas, obstáculos y tal vez traumas, con el fin de alcanzar los mayores niveles posibles de fortaleza, satisfacción y desarrollo personal.

Allan Kardec admitió que gran parte de las adversidades guardan relación con actitudes erróneas cometidas por las personas involucradas. En esos casos, los sufrimientos resultantes son una advertencia de que se ha equivocado. Le proporcionan la experiencia y le hacen sentir la diferencia entre el bien y el mal, así como la necesidad de mejorar, para evitar en el futuro lo que ya le ha sido causa de dolor. Sin ello, no tendría ningún motivo para enmendarse y, confiando en la impunidad, retrasaría su avance y, por lo tanto, su felicidad futura1.

Otras adversidades, según Kardec, pueden considerarse pruebas buscadas por el Espíritu para completar su purificación y activar su progreso2.

¿Se ven ratificadas estas ideas por la ciencia moderna? El psicólogo social Jonathan Haidt denominó a esta creencia la «hipótesis de la adversidad», afirmando que no puede ser literalmente cierta, al menos no del todo. Muchas personas que se enfrentan a situaciones extremadamente traumáticas desarrollan un «trastorno por estrés postraumático» (TEPT), una afección debilitante que deja a sus víctimas ansiosas e hiperreactivas, a veces de forma permanente.

Haidt afirma que debemos ser cautelosos a la hora de aceptar la hipótesis de la adversidad, pero admite que muchos estudios realizados en los últimos años apuntan positivamente a demostrar que las adversidades pueden ir de la mano del crecimiento personal. Estos beneficios se denominan, en ocasiones, «desarrollo postraumático», en contraste directo con el trastorno por estrés postraumático, y se reconocen especialmente en personas que cultivan la resiliencia: las formas en que afrontamos la adversidad, combatimos el daño y nos recuperamos hasta alcanzar un funcionamiento normal.

Este amplio ámbito de investigación muestra que, aunque los traumas, las crisis y las tragedias pueden presentarse de innumerables formas, nos beneficiamos de ellos de tres maneras principales3.

El primer beneficio que revela el hecho de afrontar con éxito un desafío son tus habilidades ocultas, y verlas cambia la percepción que tienes de ti mismo. Una de las lecciones más comunes que las personas extraen del duelo o del trauma es que son mucho más fuertes de lo que imaginaban. Esta nueva apreciación de su fortaleza les da mayor confianza para afrontar retos futuros.

La segunda categoría de beneficios tiene que ver con las relaciones. Cuando a alguien le diagnostican cáncer, o cuando una pareja pierde a un hijo, algunos amigos y familiares acuden a su lado y buscan cualquier forma posible de ofrecerles apoyo y ayuda. La adversidad fortalece las relaciones y abre los corazones de las personas hacia los demás. Es frecuente que desarrollemos amor por quienes nos importan y, por lo general, sentimos amor y gratitud hacia quienes han estado con nosotros en momentos de necesidad. La persona en duelo llega a apreciar más a las personas presentes en su vida y muestra una mayor tolerancia hacia ellas.

Y, por último, el tercer beneficio: el trauma modifica nuestras prioridades y nuestra filosofía sobre el presente («vive cada día al máximo») y sobre los demás. La adversidad nos obliga a frenar el ritmo a lo largo del camino de la vida, lo que nos permite fijarnos en los caminos alternativos que siempre han estado ahí y reflexionar sobre adónde nos gustaría llegar.

Quizás, por todo esto (y otras cosas más) dijo Jesús: bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados4.

Jesús no pretendía ensalzar el sufrimiento, ni prescribirlo para todos, ni siquiera minimizar el imperativo moral hasta reducirlo al mínimo posible. Es posible que Jesús quisiera señalar que el sufrimiento no siempre es del todo malo. Suele haber algo de bien mezclado con el mal, y quienes lo encuentran descubren algo valioso: una clave para el desarrollo moral y espiritual.

Al fin y al cabo, las lecciones más importantes de la vida no se pueden enseñar directamente. No recibimos la sabiduría, sino que debemos descubrirla por nosotros mismos.

_____________________

1 ESE cap. V
2 ídem
3 La hipótesis de la felicidad, Jonathan Haidt
4 Mateo 5:4

Você pode gostar...

Deixe um comentário

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *