El curioso fenómeno de la sincronicidad
José Fernando
” El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va…..”
¿Quién podría imaginar la existencia de una ciudad fundada por ciudadanos con características genéticas similares, gemelos? Pues bien, ¿no es que existe de verdad? Se trata de la ciudad de Twinsburg, que, en una traducción libre, podría ser «burgo (fortaleza) de los gemelos», aunque, en un sentido más moderno, «ciudad de los gemelos», y se encuentra en el estado estadounidense de Ohio. Es una comunidad tan peculiar que allí, cada año, en agosto, se celebra el «Festival de los Gemelos», reconocido por el Libro Guinness como la mayor reunión anual de gemelos y múltiples del mundo. Todos se conocen, se reúnen, cantan, compiten en deportes y terminan la fiesta con un espectacular y estruendoso espectáculo de fuegos artificiales.
Cabe destacar también que este festival atrae a científicos e investigadores de todas las nacionalidades, que aprovechan para realizar estudios científicos con los gemelos, quienes cuentan sus historias de vida y se ofrecen como conejillos de indias en pruebas genéticas de vanguardia. Destacaremos aquí uno de los casos más impactantes de «coincidencia» conductual entre gemelos separados poco después del nacimiento (1).
Los estudios iniciados en esos festivales por el psicólogo Thomas Bouchard y la Dra. Nancy L. Segal, psicóloga y doctora en estudios conductuales de gemelos múltiples, sacaron a la luz la historia de dos hermanos gemelos con características conductuales insólitas y extraordinarias. En su best-seller «Born Together – Reared Apart», traducido al portugués como «Nacidos juntos – Criados por separado», ganador del premio William James Book Award de 2013, la Dra. Nancy relata las entrevistas con los dos hermanos y describe, con todo detalle, los exhaustivos exámenes clínicos a los que fueron sometidos. Lo que más llama la atención en los hechos narrados es la exorbitante cantidad de coincidencias, tanto en cuanto a sus inclinaciones mutuas como a hechos externos casi imposibles de ocurrir.
Nacidos en 1939, los gemelos fueron derivados al sistema de adopción estadounidense y adoptados por familias diferentes (los Springer y los Lewis) que, aunque no se conocían, registraron a los niños con el mismo nombre: James Springer y James Lewis, apodando a ambos «Jim». Pero no nos asustemos, esta fue solo la primera de las innumerables coincidencias. El tiempo pasó y, en 1977, tras 38 años separados, Jim Lewis consiguió los datos personales del otro Jim en los archivos de un tribunal de Ohio. Tras algunos contactos telefónicos, finalmente se encontraron y, atónitos, contaron al periódico New York Times (edición de 1979) las mismas similitudes físicas, como la altura y el peso, las sonrisas asimétricas y las voces indistinguibles. Hasta ahí, es lo que cabe esperar de gemelos idénticos, también conocidos como monocigóticos o univitelinos, fecundados a partir de un mismo óvulo y por un único espermatozoide.
Nuestras reflexiones nos llevan a considerar no las coincidencias genéticas, sino, principalmente, las de factores externos al cuerpo físico y, sobre todo, la abundancia de hechos conductuales que se produjeron de forma simultánea a acontecimientos materiales y psicológicos entre ellos, aparentemente sin relación causal.
Si me centro en los más interesantes, podemos enumerar los siguientes: las esposas de ambos tenían el mismo nombre (Linda) y también tuvieron hijos con el mismo nombre (James Alan). Ambos se divorciaron y las dos segundas esposas se llamaban Beth. Las mascotas de ambos se llamaban Toy. Su vehículo preferido era un Chevrolet azul. La marca de cigarrillos y de cerveza que consumían era la misma. En cuanto a la profesión, uno de ellos era guardia de seguridad de una central eléctrica y el otro, agente de la policía judicial. Vivían a 70 km de distancia el uno del otro y pasaban las vacaciones en la misma ciudad costera, sin verse nunca.
Hay un punto crucial en esta cuestión que nos impulsa a ir más allá de los lazos familiares y las influencias genéticas, llevándonos a algo más amplio, que aún no conocemos bien, pero cuya existencia ya han vislumbrado tanto la ciencia psicológica, a través de Carl Gustav Jung, como la ciencia espiritista, encabezada por Allan Kardec.
Carl Gustav Jung, psiquiatra y psicoterapeuta suizo, fundador de la psicología analítica, se acercó un poco más a la comprensión de estos enigmas de las coincidencias reiteradas al acuñar un neologismo que se hizo famoso, el término «sincronicidad». Hasta entonces, se conocía el término «sincrónico», que se refiere a algo que ocurre al mismo tiempo, en la misma época, y se utiliza para describir actividades simultáneas, como clases presenciales o la comunicación en tiempo real.
Según Jung, la sincronicidad se basa en tres pilares indiscutibles: simultaneidad (los acontecimientos ocurren al mismo tiempo o en secuencia cercana, sin embargo, sin relación causal), significado subjetivo (el impacto emocional o simbólico es percibido por quien ve o siente el fenómeno, lo que da lugar a insights u orientaciones para llevar a cabo cambios positivos en su vida cotidiana) y conexión psíquica y externa (se produce una relación entre los estados internos de la psique de quien vive el fenómeno, pero sin una explicación lógica aparente).
Algunos estudiosos han calificado de «sincronicidad» algunos ejemplos cotidianos, como, por ejemplo: abrir un libro al azar y encontrar en él el mensaje que necesitábamos conocer; pensar en un amigo al que no veíamos desde hacía tiempo y, al día siguiente, encontrarnos con él o recibir una llamada suya. En su libro de 1952 (2), ya casi al final de su vida, Carl Jung consolidó su tesis al experimentar en carne propia este hecho.
Se encontraba en su consulta atendiendo a una paciente. El proceso terapéutico se había estancado y no lograba concluirlo satisfactoriamente. De repente, la paciente recordó un hecho que había vivido esa misma semana y dijo que recordaba un sueño que había tenido con un escarabajo, describiéndolo con todo detalle. De repente, Jung oyó el ruido de un fuerte golpe contra el cristal de la ventana. Se dirigió hasta allí, corrió el grueso cristal y se sorprendió al ver un escarabajo, tal y como su paciente lo había visto en sueños.
Analicemos bien el simbolismo de este suceso. En el Antiguo Egipto, el escarabajo representaba al dios Khepri, el sol naciente, la resurrección y la eterna renovación de la vida. A partir de ahí, la terapia fluyó con serenidad y él pudo dejar un importante legado a la humanidad.
En otra obra (3), Jung, tras un profundo razonamiento técnico-científico, afirma que: «De ser así, se descubriría en la materia el germen del espíritu y, en el espíritu, el germen de la materia. Los fenómenos de “sincronicidad”, conocidos desde hace tiempo y confirmados estadísticamente por los experimentos de RINE, parecen apuntar en esa dirección».
Imbuido de esta deducción junguiana (4), Allan Kardec presenta, en la introducción de El Evangelio según el Espiritismo, una reflexión elegante y profunda sobre la autoridad de la Doctrina Espiritista respecto al pensamiento humano en sus consecuencias científicas, filosóficas y religiosas. Según el maestro lionés, si la Doctrina Espírita fuera de concepción puramente humana, no ofrecería como garantía más que las luces de quien la hubiera concebido. Se entiende, por lo tanto, que si un solo hombre trajera estas enseñanzas, solo complacería a sus conversos, porque los que no las aceptaran serían opositores, con derecho a sus propios juicios, a menudo inseguros e incipientes.
Kardec subraya que es en la universalidad de la enseñanza de los Espíritus donde reside la fuerza de nuestra Doctrina y lo corrobora afirmando que «solo existe una garantía seria para la enseñanza de los Espíritus: la concordancia que haya entre las revelaciones que estos hacen espontáneamente, valiéndose de un gran número de médiums desconocidos entre sí y en diversos lugares».
En conclusión, Carl Jung se acercó bastante al definir que existe un orden más allá de la lógica racional materialista. Allan Kardec fue un poco más allá, demostrando que, de hecho, este orden aún desconocido por la ciencia interfiere en nuestras vidas, actúa simultáneamente en todos los lugares de la Tierra, se extiende globalmente y se percibe subjetivamente, al estimular el sentido evolutivo de cada ser humano hacia la fatalidad del progreso del Espíritu.
Nada es más prometedor para nosotros, espíritus en deuda con la Ley Divina, que esta certeza de que seres inteligentes y amorosos, invisibles a nuestros ojos físicos, interfieren con criterio en nuestros pensamientos, respetando nuestro libre albedrío y animándonos a la plena felicidad, mediante sugerencias —algunas aparentemente sin una causa definida— y llevándonos a percibir la necesidad de cambios y mejoras en nuestras vidas.
Y aún así pensamos que serían meras coincidencias, ¿no es así?
1. https://aventurasnahistoria.com.br/noticias/reportagem/jim-springer-e-jim-lewis
2. JUNG, Carl Gustav. Sincronicidad: un principio de conexiones acausales. Editorial Vozes, pág. 115. Zúrich, 1952.
3. JUNG, Carl Gustav. Los arquetipos y el inconsciente colectivo. Traducción de Maria Luíza Appy y Dora Mariana R. F. da Silva. Petrópolis, RJ. Ed. Vozes, 2000.
4. KARDEC, Allan. El Evangelio según el espiritismo. Introducción, punto II, pág. 19. FEB, Edición Histórica.

