Repercusiones del Auto de Fe de Barcelona


Roni Ricardo Osorio Maia

Uno de los muchos episodios destacados de la trayectoria terrenal de Allan Kardec tuvo lugar el 9 de octubre de 1861, según narran los autores Francisco Thiesen y Zeus Wantuil en el libro Allan Kardec – Volumen II (FEB). El hecho se conoció como el Auto de Fe de Barcelona.

Desde 1841, la Inquisición ocupaba el escenario de España, país apoyado por el absolutismo reinante. El famoso escritor francés Maurice Lachâtre se había mudado a la ciudad mencionada anteriormente. Profundo admirador de los escritos espiritistas, encargó ejemplares de obras espiritistas para comercializarlas y difundir el espiritismo. Sin embargo, su idea sería en vano. Bajo el yugo inquisitorial, su iniciativa sería imposible.

En la aduana de Barcelona, el envío fue inspeccionado. Se cobró al destinatario el pago habitual. La liberación se produciría, pero, por orden superior, el pedido fue suspendido, con la declaración de que sería necesaria la aquiescencia expresa del obispo de Barcelona, Antonio Palau y Termens. En ese momento, él estaba ausente y, cuando regresó, se le presentó un ejemplar de cada obra. No hizo falta mucho tiempo para que los libros fueran prohibidos. Los volúmenes fueron confiscados. Como herejes, serían arrojados al fuego, por ser contrarios a la fe católica vigente en el país.

Sin embargo, se podía reclamar la destrucción, ya que la circulación fue rechazada por una directriz internacional. El remitente, Allan Kardec, gozaba de permiso legal para la devolución pertinente. La arbitrariedad de ese «juez» fue más allá. Las obras permanecieron retenidas y sin permiso para su devolución al territorio francés. Así, los volúmenes fueron confiscados por el Santo Oficio de España. Al igual que los actos heréticos, serían condenados a la hoguera en una ceremonia preparada en la Esplanada de la Ciudadela, en el barrio de La Ribera.

La población se dirigió al lugar, ávida de curiosidad por las publicaciones espiritistas prohibidas por la Iglesia y que iban a ser quemadas. Kardec fue advertido por los buenos Espíritus de que dejara que el acto continuara, ya que el efecto sería el contrario, es decir, la propagación del Espiritismo. Trescientos volúmenes de El libro de los espíritus, El libro de los médiums, ¿Qué es el espiritismo? y colecciones de la Revista Espírita fueron condenados como heréticos e incinerados ante la población atónita en aquella ceremonia, encubierta por el fanatismo de una época pasada. Hubo manifestaciones populares con llamamientos contra la Inquisición. Incluso algunas personas buscaron entre las cenizas recortes de los libros para saber a qué se debía tal prohibición.

Las consecuencias fueron diversas. El Espíritu Santo Domingo se manifestó en aquella época, explicando al Codificador que era necesario algo insólito para conmover a los hombres, principalmente a los adeptos al espiritismo. Recordemos cuando Jesús nos dijo: «Ay del mundo por los escándalos, pero ay del hombre que los causa» (Mt, 18:7).

Tiempo después, el espíritu sufriente de aquel obispo inquisidor se manifestó en la reunión mediúmnica de la Sociedad Parisina de Estudios Espiritistas. Acosada por el remordimiento, la entidad solicitaba oraciones, debido a la atroz postura que había adoptado.

A propósito de esta historia, los amigos escritores espiritistas Augusto Marques de Freitas (Yvonne do Amaral Pereira – el vuelo de un alma) y Gerson Sestini (Yvonne, la médium iluminada) relatan en sus respectivas obras que el ex obispo incinerador reencarnó en tierras brasileñas, siendo considerado un «padre espiritista», conocido como Sebastião Bernardes Carmelita. Vivió en Uberaba, Minas Gerais, y fue amigo de Yvonne Pereira y otros médiums destacados con los que mantuvo correspondencia. El «padre espiritista» aplicaba pases, asistía a reuniones espiritistas y pronunciaba sermones espiritistas. A pesar de ser reprendido, continuó su labor en favor de la luz y la verdad, impoluta e inexpugnable.

Las repercusiones del Auto de Fe de Barcelona favorecieron al Espiritismo, tal y como se le había advertido al Codificador en aquel momento. La curiosidad popular despertó el interés por aquellos libros. Desde la perspectiva espírita, según lo registrado en la Conclusión IX de El libro de los espíritus, a través de San Agustín, se nos aclara que: «Ninguna nube oscurece la luz más pura; el diamante sin imperfecciones es el que tiene más valor; juzgad, pues, a los espíritus por la pureza de sus enseñanzas».

1. KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus. Editorial CELD. 2011, p. 483.

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