Agua, vida y responsabilidad: entre la emergencia climática y el llamamiento del Evangelio

Eduardo Luz

El agua que serpentea por los ríos de Brasil es más que un recurso físico: sostiene los bosques, mueve las ciudades y renueva la esperanza en el futuro de la nación. Un estudio divulgado en 2024 por la Agencia Nacional de Aguas y Saneamiento Básico (ANA)¹ indica que el calentamiento global ya está alterando el ciclo hidrológico del país: el aumento de las temperaturas acelera la evapotranspiración, las lluvias se vuelven irregulares y, en cuencas de la Amazonia, el Cerrado y el Nordeste, el caudal medio podría caer hasta un 40% antes de 2040, comprometiendo el abastecimiento humano, la agricultura y la generación de energía.

Pero la crisis es también ética. A la luz de la Doctrina Espírita, los bienes terrestres son préstamos divinos que deben administrarse con responsabilidad. El Libro de los Espíritus enseña que Dios dota a los seres humanos de inteligencia² para discernir el bien del mal. En otro pasaje, los benefactores espirituales reafirman este principio moral al afirmar: “Dios no puede complacerse con lo que es inútil y lo que es perjudicial siempre le será desagradable. […] Obedeciendo su Ley y no violándola, podréis ataros al yugo de vuestra materia terrestre”³. Ignorar esta guía viola la ley de justicia inscrita en la naturaleza.

En este sentido, resuenan las palabras de Jesús: «Quien dé siquiera un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños… no perderá su recompensa»⁴ El versículo valora el simple gesto de ofrecer agua, recordándonos que garantizar el acceso a los más frágiles es una expresión viva de compasión y fe, no sólo una cuestión técnica.

En esta simple palabra subyace un doble llamamiento: primero, a la compasión que reconoce a Cristo en el rostro sediento; después, a la responsabilidad técnica que transforma el agua bruta en fuente de vida segura. En tiempos de Jesús, ofrecer agua era casi siempre un gesto directo: cogerla del cántaro y tender la mano. Hoy, sin embargo, ese mismo vaso pasa por la red de abastecimiento, las depuradoras, las políticas públicas y la gobernanza del agua antes de llegar a los «pequeños». La caridad, por tanto, necesita combinar la ternura con la competencia, el corazón con la ingeniería, el evangelio con la gestión.

Como un molino que transforma la fuerza invisible del viento en energía útil, la fe mueve los engranajes de la tecnología para que el agua recorra los valles secos y llegue a los hogares olvidados. La falta de inversión, la corrupción o el desprecio por el medio ambiente secan no sólo los manantiales, sino también las esperanzas; la gestión transparente y la participación popular, en cambio, hacen brotar las fuentes externas e internas.

Así, mientras planificamos las redes de distribución, también necesitamos regar las redes de solidaridad. Mientras tratamos químicamente el agua, no podemos descuidar la «potabilidad» de los afectos, evitando que el orgullo o la indiferencia contaminen el bien que pretendemos hacer.

El libro Transición Planetaria, del espíritu Manoel Philomeno de Miranda, amplía la visión al explicar que las “grandes transformaciones, aunque ocurran en fases de perturbación de la Tierra -frente a fenómenos climáticos, contaminación e irrespeto a la naturaleza- no tomarán la forma de destrucción de la vida, sino de un cambio en el comportamiento moral y emocional de los individuos, algunos invitados al sufrimiento por los acontecimientos y otros por el discernimiento en torno a la evolución. “⁵ En este escenario, preservar los manantiales, restaurar los bosques de ribera y usar el agua con moderación ya no son sólo medidas de sostenibilidad, sino que se convierten en instrumentos de regeneración interior y colectiva, sintonizando nuestras acciones con la propuesta divina de progreso.

Por tanto, ciencia y fe convergen. Reducir los residuos, mejorar el saneamiento, implicar a las comunidades en la gestión de las cuencas y, sobre todo, interiorizar el respeto a la vida son pasos inaplazables. Salvar el agua es salvar la existencia y participar en la construcción de un mundo más justo, equilibrado y digno para todos.

Porque cuando el agua fluye limpia entre las piedras y los corazones se abren como fuentes silenciosas de cuidado, es el propio Evangelio el que vuelve a fluir por la Tierra. En este flujo invisible, redescubrimos nuestra identidad espiritual: criaturas en evolución, guardianes de un planeta en transición, llamados a transformar la escasez en abundancia, el desorden en armonía, el desierto en jardín.

Referencias

1. AGENCIA NACIONAL DE AGUA Y SANEAMIENTO (ANA). Impactos del cambio climático sobre los recursos hídricos en diferentes regiones de Brasil: resumen ejecutivo. Brasilia: ANA, 2024. Enlace: https://metadados.snirh.gov.br/geonetwork/srv/api/records/31604c98-5bbe-4dc9-845d-998815607b33/attachments/Mudancas_Climaticas_25012024.pdf
2. KARDEC, Allan. El libro de los espíritus. Traducción de Guillon Ribeiro, 93. ed., Brasilia: Federación Espírita Brasileña, 2013, q. 631 (Ley Divina o Natural – «El bien y el mal»).
3. KARDEC, Allan. El libro de los espíritus. Traducción de Guillon Ribeiro, 93. ed., Brasilia: Federación Espírita Brasileña, 2013, q. 725 (Ley de Conservación – «Privaciones voluntarias. Mortificaciones»).
4. BIBLIA. Mateo 10:42. Traducción revisada y actualizada de Almeida.
5. MIRANDA, Manoel Philomeno de (Espíritu). Transición Planetaria. Psicografía de Divaldo Pereira Franco. ed. Virtual, LEAL, 2011, Capítulo 3 – «El Mensaje-Revelación».

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