Divina Providencia: un diálogo con Alvin Plantinga
Daniel Salomão Silva
En su vertiente filosófica, el Espiritismo aborda una serie de cuestiones profundas, muchas de ellas no verificables empíricamente. Una de ellas, tal vez la más importante, es la existencia de Dios, junto con sus formas de actuar en el Universo o su Providencia. A este respecto, en este artículo presentamos un análisis comparativo introductorio entre algunas ideas espiritistas y las del filósofo protestante contemporáneo Alvin Plantinga, que en las últimas décadas ha propuesto la reconciliación entre la filosofía académica y el teísmo. Aunque algunos aún sostienen, especialmente en círculos académicos, que los principios cristianos son anticuados o naturalmente falsos, Plantinga ha sostenido que «no hay la menor razón para pensar que la creencia cristiana carezca de justificación, racionalidad o respaldo». Al contrario, independientemente de su veracidad, tiene sólidos fundamentos racionales.
En primer lugar, retomando las propias conclusiones de Santo Tomás de Aquino, los Espíritus nos informan de que la «prueba de la existencia de Dios» reside en «un axioma que aplicáis a vuestras ciencias: no hay efecto sin causa». En otras palabras, la simple observación de la naturaleza, con toda su complejidad, basta para justificar la creencia en Dios. Sin embargo, por las preguntas siguientes del Libro de los Espíritus, vemos que ya existían argumentos contrarios, como los que defendían la Creación basada en las propiedades íntimas de la materia o, del mismo modo, por azar. Ambos son considerados por los Espíritus insuficientes o absurdos.
No obstante, con el fortalecimiento de la ciencia, en particular con el consenso en torno a la teoría de la evolución de las especies, los argumentos contra la Creación Divina se han hecho más fuertes. Como señala Plantinga, el hecho de que las alteraciones genéticas aleatorias sean la base teórica de la selección natural bastaría, para algunos, para explicar el origen de los seres vivos sin la obra de una deidad ni nada parecido. No habría causa inteligente, propósito o sentido en la Creación. Sin embargo, ¿esta aparente aleatoriedad contradice en realidad la creencia cristiana?
Plantinga registra una respuesta interesante y relativamente antigua que, de hecho, presenta la teoría de la evolución como totalmente coherente con el pensamiento religioso. Es en esta aparente casualidad donde podemos justificar la acción divina. En otras palabras, habría en realidad un «diseño inteligente», un plan divino actuando a través de la selección natural para crear las diversas especies de seres vivos, como el propio ser humano. Al fin y al cabo, a pesar de las posiciones más literalistas, el creacionismo bíblico (Gn 1) no especifica cómo creó Dios el Universo.
La proximidad con la concepción espiritista es innegable. En algunos textos, Kardec ya registra la semejanza entre la secuencia bíblica de la Creación y las conclusiones científicas y el proceso evolutivo como una indudable cadena entre las especies. Entiende que las fuerzas materiales y mecánicas que rigen la naturaleza «son puestas en acción, distribuidas, adecuadas a las necesidades de cada cosa por una inteligencia que no es la de los hombres»: Dios.
Plantinga también reúne argumentos que indican que, aun suponiendo un cierto automatismo en el proceso de selección natural, es necesario admitir intervenciones externas directas en determinadas etapas de la evolución. Por ejemplo, para explicar las diferenciaciones en los picos de ciertas aves, la teoría de la evolución propone que las variaciones genéticas aleatorias producen especies más y menos adaptadas al tipo de alimento y al medio al que están expuestas. Como se comportan mejor, las que tienen los picos más adaptados acaban sobreviviendo con más éxito y transmiten sus características a su descendencia. Con el tiempo y otras posibles modificaciones, sólo éstos llegan a existir. En este caso, el proceso parece producirse automáticamente, lo que además, como hemos visto, no contradiría la existencia de Dios.
A pesar de ello, el bioquímico Michael Behe sostiene que hay «estructuras moleculares irreduciblemente complejas (…)», como las que existen en los ojos y en los sistemas inmunitario y de coagulación de la sangre, cuyo origen no puede justificarse únicamente por el automatismo propuesto por los evolucionistas. Para él, todavía no hay explicaciones darwinianas para esas estructuras y sería imposible darlas, dejando una vez más el diseño inteligente como solución.
Según el espiritismo, esto también es totalmente posible. Como señala Kardec,
«¿Cómo puede Dios, tan grande, tan poderoso, tan superior a todo, inmiscuirse en detalles sin importancia, preocuparse de los actos más pequeños de nuestras vidas y de los pensamientos más ínfimos de cada individuo?», se pregunta el incrédulo. Esa es la pregunta que se hace el incrédulo, y concluye diciendo que, si aceptamos la existencia de Dios, sólo podemos aceptar que su acción se basa en las leyes generales del Universo; que el Universo funciona desde toda la eternidad en virtud de esas leyes, a las que toda criatura está sometida en el ámbito de sus actividades, sin necesidad de la incesante intervención de la Providencia [el subrayado es nuestro].
Por tanto, para él, Dios siempre actuaría de alguna manera en su obra, más allá de sus leyes ya establecidas, lo que podría incluir «impulsos» en una determinada dirección, por ejemplo, en la evolución de los seres vivos. Esta sería la explicación de la aparición de esas estructuras irreductiblemente complejas señaladas por Behe. Plantinga también justifica los llamados milagros y fenómenos extraordinarios registrados por las religiones.
El argumento del «ajuste fino», en palabras de Plantinga, también va en esta dirección al postular que las características básicas de las galaxias, las estrellas y nuestro mundo están determinadas esencialmente por unas pocas constantes físicas, es decir, que las coincidencias aparentes son necesarias para que el Universo exista tal y como lo conocemos. Si unas diferencias delicadas impedirían nuestra existencia (física), parece plausible suponer que una intención inteligente estaría detrás de las leyes de gravitación y las demás fuerzas que rigen la materia, «ajustándolas» a la perfección.
El propio desarrollo de la Mecánica Cuántica, cuya profundidad no cabe en este texto, ni es del dominio del autor, parece corroborar la posibilidad de acciones extrafísicas sobre la materia, de este mismo «ajuste fino». Como señala Plantinga, la diferencia de la Mecánica Clásica determinista, no es posible predecir una configuración única para un sistema en un momento dado, «sino sólo una distribución de probabilidades entre muchas configuraciones posibles», particularmente a nivel subatómico. En este campo finito de posibilidades, cualquier intervención sería incluso imperceptible para nosotros. Así, la Providencia Divina podría concebirse como actuando sobre microeventos en los niveles cuánticos para obtener resultados en el nivel macroscópico, como en los campos astronómico y biológico.
Para el Espiritismo, ese tipo de acción se atribuye a los Espíritus. Según nuestra obra básica, «Dios no ejerce una acción directa sobre la materia. Tiene agentes dedicados en todos los niveles de la escala de los mundos». Estos agentes, los Espíritus, pueden ejercer cierta influencia sobre elementos de la naturaleza, como procesos meteorológicos, biológicos, químicos y físicos en general. Ejemplos interesantes constan en obras subsidiarias, como las psicografías de Chico Xavier, que, aunque no se puedan «probar», no se pueden calificar de irracionales o imposibles.
Para concluir, destacamos la importancia del diálogo del Espiritismo con las conclusiones de la filosofía, de la ciencia y de las religiones, como Kardec siempre defendió. Discusiones como las propuestas por Alvin Plantinga también son importantes para el desarrollo del pensamiento espírita, agregando elementos contemporáneos a su ya robusto cuerpo doctrinario. Siguiendo las importantes reflexiones de Plantinga, el Espiritismo busca desde sus orígenes justificar filosóficamente la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la mediumnidad, la reencarnación, entre otros de sus pilares. En cuanto al tema principal del artículo, no ve oposición entre la creencia en la Divina Providencia y las teorías científicas más aceptadas sobre los orígenes del Universo y de la vida. Al contrario, las considera totalmente compatibles.
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i PLANTINGA, Alvin. La creencia cristiana refrendada. São Paulo: Vida Nova, 2018, p. 23.
ii KARDEC, Allan. El libro de los espíritus. Río de Janeiro: FEB, 2010, q. 4; Génesis. Río de Janeiro: FEB, 2009, c. 2, i. 1 a 5.
iii Idem, q. 7 y 8; El Génesis. Rio de Janeiro: FEB, 2009, c. 2, i. 6.
iv PLANTINGA, Alvin. Ciencia, religión y naturalismo: ¿dónde está el conflicto? São Paulo: Vida Nova, 2018, p. 26.
V KARDEC, Allan. El libro de los espíritus. Río de Janeiro: FEB, 2010, q. 59.
vi Idem, q. 607a.
vii KARDEC, Allan. Génesis. Rio de Janeiro: FEB, 2009, c. 2, i. 6.
viii PLANTINGA, Alvin. Ciencia, religión y naturalismo: ¿dónde está el conflicto? São Paulo: Vida Nova, 2018, p. 203.
ix KARDEC, Allan. Génesis. Río de Janeiro: FEB, 2009, c. 2, i. 20.
x PLANTINGA, Alvin. Ciencia, religión y naturalismo: ¿dónde está el conflicto? São Paulo: Vida Nova, 2018, p. 96.
xi Idem, p. 178.
xii Idem, p. 94.
xiii KARDEC, Allan. El libro de los espíritus. Río de Janeiro: FEB, 2010, q. 536b.
xiv XAVIER, Francisco C. Por el camino de la luz. Por el Espíritu Emmanuel. 36. ed., Rio de Janeiro: FEB, 2007, c. 1 y 2; Misioneros de la Luz. Por el Espíritu André Luiz. 25. ed., Rio de Janeiro: FEB, c. 13; etc.